Causas de la Segunda Guerra Mundial

Tras el final de la Primera Guerra Mundial, resultó muy popular referirse a ella como “la guerra que terminará con las guerras”. Pero la verdad es que fue tan solo una prolongada tregua, un período de descanso nada más. La Segunda Guerra Mundial simplemente creció a partir de la Primera. No apareció de la nada, sino que había suficientes asuntos pendientes desde 1919 como para desencadenarla.

Como casi en todas las situaciones referidas a la historia y la interpretación de un hecho, existen dos posturas principales para explicar las causas que llevaron a la Segunda Guerra Mundial.

La Segunda Guerra Mundial involucró más países que la primera

La primera es la idea de las “condiciones de largo plazo”, en referencia a que las tensiones preexistentes antes de 1914 siguen siendo las mismas para 1939. La otra, en contraposición, se refiere a las “condiciones de corto plazo” que establecen tres escenarios principales como las causas directas de la Segunda Guerra Mundial: el ascenso del fascismo italiano a partir de la década de 1920, la modernización del Japón y su militarismo agresivo, y especialmente la toma del poder en Alemania por parte de Adolf Hitler y el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (conocido popularmente como Partido Nazi).

Mussolini y el fascismo en Italia

El 23 de marzo de 1919, un ex miembro del Partido Socialista Italiano llamado Benito Mussolini, fundó los Fasci italiani di combattimento (fasces italianos de combate). Esta agrupación luego resultó ser el germen del futuro Partido Nacional Fascista.

La principal idea detrás del movimiento era la de “transformar, con métodos revolucionarios si es necesario, la vida italiana”. Para comprender esto, hace falta adoptar el punto de vista de la Italia posterior al Tratado de Versalles. El Reino de Italia entró en la contienda de 1914 tentado por la oferta de territorios que serían expropiados al Imperio Austrohúngaro, cosa que no sucedió.

Así, los nacionalistas empezaron a propagar la idea de que el triunfo obtenido era una “victoria mutilada”, que franceses y británicos se aprovecharon de la buena fe del pueblo italiano. Estas ideas prendieron muy fuerte en sectores de excombatientes.

El movimiento creado por Mussolini encuentra entonces una válvula de escape para toda esa frustración. Comienza así una escalada de violencia dirigida a los grupos socialistas y bolcheviques que culminará con la creación del Partido Nacional Fascista, en 1921. Para el año siguiente, la popularidad del partido era tal que Mussolini decidió marchar sobre Roma y tomar el poder con el visto bueno del rey Victor Manuel III. El 30 de octubre asume oficialmente como Primer Ministro.

Más allá de las políticas y rencillas internas sin pausa que aquejaron al país, lo que nos interesa es lo agresiva de su política exterior, marcada por la insatisfacción latente tras la Primera Guerra Mundial. Tenemos una confrontación con el Reino de Grecia que le valió cierta reparación de las promesas incumplidas en la Gran Guerra. En 1935 ocurre la invasión de Abisinia, algo que el régimen fascista consideraba un asunto pendiente desde 1895 y cuyas consecuencias lo acercaron al gobierno alemán.

También propuso la formación del llamado Bloque Latino, agrupando a Italia, Francia, España y Portugal, pero no prosperó. Sin embargo, al iniciarse la guerra civil española, Mussolini acepta intervenir en apoyo de Francisco Franco. Pero al final de la contienda, es Alemania quien recibe los mejores beneficios en detrimento de Italia. En 1939, mientras el Tercer Reich invadió territorio checo sin que nadie lo impidiera, Mussolini decide invadir Albania comprendiendo lo mucho que tienen en común su gobierno fascista y gobierno nazi de Alemania. Esta nueva vinculación acaba traduciéndose en la firma del Pacto de Acero, en mayo, en el que se comprometía a brindarle apoyo a Alemania en caso de un ataque. El Pacto, estaba claro, era suficiente evidencia de que una Segunda Guerra Mundial era inminente.

Alemania, Hitler y el nazismo

El nazismo dominó Alemania de 1933 a 1945

Recordemos un poco el panorama para Alemania tras la firma del Tratado de Versalles:

  • Asume la responsabilidad de haber causado la guerra
  • Debió pagar 6.600 millones de libras por los daños ocasionados
  • Solo se le permitió conservar un pequeño ejército y seis naves de guerra. No se le permitió tener fuerza aérea ni submarinos. Además, tuvo que desmilitarizar la región de Renania.
  • Prohibió el Anschluss (la unión política con Austria) a pesar que el pueblo austriaco votó a favor en 1918

Como es de imaginar, el pueblo alemán no estaba para nada conforme con estos términos. Durante la década de 1920, Alemania se empobreció, bajó la oferta de empleo y los precios de los alimentos subieron sin control. En ese contexto de insatisfacción es que comienza a cobrar fuerza el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán y la gente le brinda su confianza al hombre que se convirtió en su líder en 1921.

Un hombre que promete romper con el Tratado y devolverle a Alemania su dignidad: Adolf Hitler.

En enero de 1933, Hitler es nombrado Canciller y casi de inmediato tomó el poder absoluto, dando inicio a una política exterior muy agresiva. Un año después incrementa el tamaño de su ejército, comienza a construir buques de guerra, crea la fuerza aérea alemana y establece el servicio militar obligatorio. Y aunque el Reino Unido y Francia estaban conscientes de los movimientos del ahora llamado Tercer Reich, el fortalecimiento del comunismo les resultaba mucho más preocupante. De ahí que creyeran, con cierta lógica, que una Alemania más fuerte ayudaría a prevenir que el comunismo se esparciera a occidente. Por eso, cuando en 1936 Hitler ordena remilitarizar la región de Renania, no intervinieron aunque su ejército todavía era débil y hubiera sido fácil detenerlo.

También en 1936, Alemania hizo dos alianzas importantes: la primera fue el tratado de amistad firmado con Italia y que Mussolini llamó Eje Roma-Berlín. La segunda fue el tratado firmado con Japón, el Pacto Antikomintern, con la intención de salvarguardarse de la amenaza comunista.

El próximo paso, el que ya lo enfilaría hacia la nueva guerra, fue retomar el Anschluss. Como este avance fue tolerado, Hitler pensó en seguir recuperando territorio y exigió que la región checa de los Sudetes sea controlada por Alemania a condición de no invadir el resto de Checoslovaquia. Sin embargo, Hitler no mantuvo su palabra y en marzo de 1939 invadió el resto de Checoslovaquia ante la inacción del Reino Unido y Francia. Pero, llegados a este punto, y adivinando el próximo objetivo de Hitler, ambos países se comprometieron a tomar medidas si Alemania avanzaba sobre Polonia. Creyeron que de esa forma detendrían la escalada agresiva de Hitler.

Se equivocaron: las tropas alemanas invadieron Polonia el 1 de septiembre de 1939. Dos días después comenzaba la Segunda Guerra Mundial.

Japón y el juego expansionista

Cuando Japón decidió integrarse al resto del mundo, en el período conocido como Restauración Meiji, también decidió emularlo buscando tener sus propias colonias. Así, en 1876 centra su atención en Corea lo que, como no podía ser de otra manera, crea conflictos con China. Tras una primera guerra que acabó con Corea bajo influencia japonesa, a la que se sumaron Taiwan y otras islas, siguieron décadas de tensión latente.

Por otro lado, Japón invirtió muchos recursos en Manchuria tras la guerra con Rusia, especialmente por los minerales de la región, y decidió iniciar la expansión sobre el norte y este de China. De este modo comienzan las hostilidades entre ambos gobiernos:

  • El incidente de Mukden, en 1931, que precipitó la invasión total de Manchuria
  • El incidente del puente de Marco Polo, en 1937, que desencadenó directamente en la segunda guerra con China

Claro que China ofreció una fuerte resistencia y se negó a rendir sus fuerzas, frustrando el deseo japonés de una rápida victoria. Eso no redujo sus ansias de expansión territorial, así que continuaron buscando territorios a los que resultara fácil anexar en el norte, controlado por la Unión Soviética, y más tarde al sur, controlado por las naciones europeas. Este movimiento, tarde o temprano, los llevaría hacia el sureste y, por tanto, a chocar con los intereses de Estados Unidos.

A causa de ello, la potencia americana le impondría un embargo económico. Y si sumamos el hecho que Alemania estaba ejerciendo cierta presión para que Japón mantuviera a los norteamericanos en el Pacífico, porque ya se adivinaba un posible involucramiento a favor del Reino Unido al establecer una base en Islandia. Con este escenario, no es de extrañarse que todo terminara detonando en el ataque a Pearl Harbor en septiembre de 1941, obligando a Estados Unidos a entrar oficialmente en la Segunda Guerra Mundial. Para peor, unos meses antes, en junio, Alemania había invadido el territorio de la Unión Soviética, obligándola también a involucrarse abiertamente en este nuevo macroconflicto.

Viendo los resultados y consecuencias que trajo la participación de estos últimos dos países (Estados Unidos y Unión Soviética), el Pacto Antikomintern que Japón había firmado con Alemania terminó jugándoles en contra.

Si bien el mundo entero había condenado el primer conflicto mundial de 1914 por el horror y las muertes que acarrearon, las atrocidades cometidas durante la Segunda Guerra Mundial demostraron que el espíritu destructivo del hombre puede no tener límites. El Holocausto, las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, provocaron heridas tan profundas. Tanto, que aun cuando nos aproximamos a culminar la segunda década del siglo XXI no se puede decir que hayan sanado totalmente.

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